Amelia tiene 12 años y últimamente siempre tiene el mismo sueño. Cuando llega a casa después del colegio, descubre que tiene otros padres, otra familia. Nada más verla, le preguntan cómo le han ido las clases, la escuchan sin juzgarla, sin criticarla. Le dan ánimos, validan sus emociones y la hacen sentir segura, atendida y cuidada. Esta niña no quiere despertar de ese sueño. De hecho, le encantaría retener ese universo onírico para siempre… Porque sabe que, al despertar, se encontrará con su familia real y esa sensación, la de preferir a esos padres irreales, la hace sentirse mal.
Amelia no lo sabe, pero esto es solo el comienzo de su lucha. Pasará los próximos 20 años deseando haber tenido otros padres y sintiéndose culpable por ello. Después de todo, ellos no son malas personas. Trabajan duro, le han dado una casa, comida, ropa, estudios, juguetes y a esos dos gatos que le hacen compañía en su habitación de preadolescente y que adora con locura. Va a la escuela todos los días y hace sus deberes por las tardes. Tiene una buena amiga y le gusta jugar al voleibol. Debería sentirse afortunada, pero es infeliz y la ansiedad es ya como un monstruo que cada vez ocupa más espacio en su mente. Se siente sola, enfadada, triste…
¿Por qué se siente así una niña de su edad que, en apariencia, lo tiene todo? La respuesta es tan simple como complicada: crecer con unos padres sin inteligencia emocional deja profundas heridas en el desarrollo de las personas. Es lo que conocemos como negligencia emocional infantil. Para entenderlo, recuerda estos conceptos:
- Inteligencia emocional: es la capacidad de identificar, evaluar y gestionar las propias emociones y las demás, para actuar en consecuencia, validando, ayudando, siendo empáticos y respetuosos.
- Negligencia emocional infantil: es la incapacidad de los cuidadores para comprender y atender a las necesidades emocionales del niño. Esta dinámica crea problemas de apego y tiene un gran impacto en el desarrollo psicosocial de los pequeños.
Veamos ahora las principales características para saber si te identificas en alguna de estas áreas:

1. Padres que no entienden ni hablan el lenguaje de las emociones
Crecer con padres que carecen de inteligencia emocional implica vivir en un escenario de frialdad e inseguridad absoluta. A medida que cumples años, te habitúas al aislamiento de tu habitación, a levantar una empalizada psicológica y no comunicar con ellos lo que sientes o lo que te pasa. No lo haces porque te das cuenta de que lo que sientes lo minimizan, lo que piensas y necesitas te lo ridiculizan.
Estos progenitores reaccionan de manera inapropiada ante lo que expresan sus hijos, invalidándolos con expresiones como «eso no es para tanto», «de todo haces dramas», «¿y por esa bobada estás así? ¡Espabila y deja de lloriqueos!». Su falta de empatía y de comprensión crea un vacío en la comunicación, y es ahí cuando descubres, ya con 7 u 8 años, que expresar tus sentimientos es inútil o peligroso. Casi sin darte cuenta te conviertes en un/a experto/ del mal arte de la represión emocional.
El resultado: no aprendes a ser consciente de ti mismo/a. Asumes que lo que sientes no tiene importancia, que es mejor no compartir con nadie lo que hay en tu interior, lo que te emociona, te asusta, entristece, te ilusiona… En los casos más extremos, se puede derivar en la disociación, es decir, en ocasiones dejas de sentir emociones, te desconectas de tu interior y te da la sensación de que lo que te rodea es casi irreal.
2. No te enseñaron cómo afrontar las situaciones difíciles
Crecer con padres sin inteligencia emocional es hacerte mayor con el monstruo de la culpa, la vergüenza y la invalidación como compañeros de vida. Ya desde bien pequeño/a, te diste cuenta de que era mejor no confiar en ellos ni explicarles las cosas que te sucedían. No lo hacías porque, a menudo, te echaban la culpa a ti de lo que te pasaba.
Si se metían contigo en clase, te increpaban un «espabílate de una vez». Si te iba mal en una asignatura, tenías un problema, algo te agobiaba o cometías un error, respondían con indiferencia o incluso castigándote. Nunca se detuvieron a comprender cómo te sentías, jamás crearon para ti un espacio seguro donde pudieras desahogarte, ni te guiaron para que aprendieras estrategias con las que rsolver los pequeños y grandes problemas… Tampoco te dijeron cómo lidiar con la ansiedad, los miedos o el estrés. En tu casa no se hablaba ese idioma y, si lo intentabas, te respondían con silencio y rechazo. La vulnerabilidad no tenía cabida.
El resultado: no aprendiste técnicas de afrontamiento. En la actualidad, los problemas te superan con frecuencia, sientes que te faltan estrategias y enseguida te atenaza el estrés y la ansiedad. Asimismo, se suele desarrollar una tendencia al perfeccionismo extremo. Es una manera de intentar tenerlo todo bajo control (sobre todo cuando se viene de un pasado donde no podías dominar nada). Ahora, buscas hacerlo todo perfecto, porque así sientes que tienes un mayor dominio sobre la realidad y sobre ti mismo. Es algo frecuente en quien tuvo un pasado en el que sufrió invalidación emocional.
3. Te dieron mensajes equivocados sobre ti mismo/a y el mundo
Tus padres te hicieron creer que eras perezoso/a e irresponsable. Inculcaron en ti narrativas del todo erróneas y distorsionadas, porque no se detuvieron nunca a comprender lo que te ocurría de verdad… Y lo que te pasaba es que al ser invalidado/a sufrías una elevada ansiedad, y en este contexto, es común no confiar en uno mismo, en no dar lo mejor de ti, en procrastinar y bloquearte cuando tenías un objetivo que cumplir… Y es que cuando vives con voces que te critican, dejas de confiar en tu potencial, se erosionan las ganas y se aniquila la felicidad. No, no eras débil o vago/a, sentías inseguridad, estrés, angustia y muchas emociones que no sabías cómo digerir.
El resultado: has avanzado hacia la edad adulta con voces en tu cabeza que te mienten sobre ti mismo/a. “Eres un holgazán”, “Eres débil”, «No te atrevas a hacer eso porque fracasarás», «No te hagas ilusiones porque no lo vas a conseguir»… Todas estas dinámicas te dejan atrapado/a en una situación de lucha persistente, desconcertado/a y confundido/a. No puedes contactar con tu verdadero yo y te sientes como un navío a la deriva en el océano de la vida. Ese es el problema de verte a través de los ojos de personas que nunca te conocieron realmente. Y en efecto, todo ello hace que tengas grandes dificultades para manejar situaciones estresantes, e incluso que arrastres contigo la impronta de un trauma.
¿Cómo saber si necesito ayuda psicológica?
Hay un hecho evidente que nos describen en investigaciones como las divulgadas en Frontiers in Public Health: la base para una crianza y educación eficaz se nutre siempre de las buenas habilidades en inteligencia emocional de los cuidadores. Ahora bien… ¿Y si los nuestros fueron del todo incompetentes en esta competencia? Bien, lo cierto es que no todo el mundo desarrollará un trauma, ni el 100% de quienes fuimos víctimas de la negligencia emocional infantil presentamos a su vez una habilidad deficiente en el ámbito emocional. Ahora bien, solemos presentar ciertas heridas, ciertas características que, con frecuencia, limitan nuestra calidad de vida. Te describo alguno de estos rasgos:
1. Dificultad para expresar emociones: crecer en un escenario dominado por la invalidación y la crítica, altera muchas áreas de tu cerebro. Vives en un estado de alerta y estrés persistente. No sabes en qué momento te van a criticar o a invalidar. Era imposible expresar lo que sentías o pensabas y, todo ello, suele dejar secuelas. Puede que en la actualidad tengas problemas para expresar tu enfado, tu frustración, tus necesidades y hasta te cueste poner límites en muchas ocasiones.
2. Falta de validación emocional: es muy posible que a lo largo de tu vida adulta te digas a ti mismo frases como “esto no es para tanto”, “no llores ahora por esto”, “eres demasiado sensible, ya te estás angustiando por todo otra vez”. Mucho cuidado con estos mensajes, porque lo que estás haciendo es replicar en ti maltrato que te aplicaron tus padres.
3. Ira y decepción latente: cuando echas la mirada atrás y recuerdas muchas de las cosas que viviste con tu familia, asoma la ira y la frustración. Son emociones muy intensas que, a menudo, provocan que te cueste compartir tiempo y espacio con tus padres e incluso con otras personas.
4. Problemas para regular las emociones: a pesar de ser una persona adulta, notas cómo te desborda el miedo, la ansiedad, el estrés, la tristeza, los enfados… Muchas veces no sabes cómo regular esos estados internos, hasta el punto, de que algunas de tus relaciones se ven afectadas.
5. Dificultad para poner límites: Al crecer en un entorno donde tus necesidades emocionales no se respetaban, te puede ser difícil ahora establecer límites con los demás. Es algo muy común, no te pasa solo a ti.
6. Sobrecarga de responsabilidad emocional: en ocasiones, podrías haber sentido que eras responsable de la felicidad de tus padres o hermanos. Ahora, te pasa lo mismo con tus relaciones afectivas.
7. Evitar conflictos o confrontaciones: el conflicto en casa era desagradable, por lo que desarrollaste un mecanismo para evitarlo, incluso a costa de tus propias necesidades.

¿Cómo se trata en terapia?
Crecer en una familia sin inteligencia emocional puede tener un impacto significativo en tu vida. Si te has identificado en varios puntos anteriores, tal vez necesites reparar lo roto, analizar esas heridas internas para comprenderlas y poder cerrarlas, liberando la ira, las decepciones y el dolor encapsulado.
La terapia psicológica puede ayudarte en ese viaje de vuelta a casa, de retorno a ti misma/a. Para tal fin, suelen trabajarse las siguientes estrategias:
1. Evaluación y psicoeducación
- Objetivo: lo primero será identificar las experiencias que han generado esas heridas emocionales y detectar patrones disfuncionales. Lo podemos hacer a través de la línea de vida. También es esencial psicoeducar, es decir, explicar cómo nos impacta neurológicamente el haber crecido en una familia de estas características.
2. Desarrollo de habilidades de regulación emocional
- Objetivo: Reconoceremos patrones de evitación emocional, supresión o hipersensibilidad. Trabajaremos con tu sistema nervioso y aprenderemos técnicas útiles para que consigas regular tus emociones. También asentaremos recursos como el autocuidado y la imagen mental de tu «lugar seguro», un recurso que actuará de anclaje cuando la ansiedad te desborde.
3. Trabajo con el trauma
- Objetivo: Es esencial trabajar con esas improntas traumáticas y para ello pueden usarse diversos enfoques según tus necesidades particulares, como la terapia EMDR o el modelo PARCUVE.
4. Desarrollo de nuevas habilidades
- Objetivo: aprenderemos recursos para fortalecer tu autoestima, tu asertividad, habilidades para poner límites, comunicación emocional, etc.
5. Sanación de las relaciones familiares y cierre de heridas
- Objetivo: es clave poder abordar resentimientos que puedan quedar tras el proceso terapéutico. Para ello, es necesario llevar a cabo un duelo con el fin de aceptar que nuestros padres no fueron los que merecíamos, eligiendo qué tipo de relación queremos establecer ahora con ellos. Sea la que sea, estará bien mientras nos cuidemos a nosotros mismos.
6. Promover la autonomía emocional
- Objetivo: es esencial fomentar la capacidad de tomar decisiones y de construir relaciones basadas en el respeto mutuo. Ese será tu inicio de una nueva etapa, esa donde pensar qué quieres ahora en tu vida y qué propósitos y valores te guían. El objetivo es poder avanzar con adecuados recursos sin que el pasado te duela, sin que el ayer condicione tu presente.
Sanar para ser libre
La sanación es un acto de valentía que permite romper ciclos emocionales dañinos y cultivar nuevas formas de ser y sentir. Es cierto que tal artesanía no es fácil, pero lo puedes lograr en terapia. En este espacio de validación, el autoconocimiento y la autocompasión son caminos que te ofrecen la posibilidad de transformar el dolor encapsulado, en crecimiento y resiliencia.
📚Bibliografía
Șițoiu, A., & Pânișoară, G. (2023). The emotional intelligence of today’s parents – influences on parenting style and parental competence. Frontiers in Public Health, 11, 1120994. https://doi.org/10.3389/fpubh.2023.1120994

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